Amigos, hoy he decidido volver a los ruedos.
Y como buen torero que se precie, me he tomado la mañana con calma, con esa calma estratégica que una se concede cuando sabe que por la tarde puede haber faena… o cornada.
Volver nunca es fácil.
He desayunado en modo todo incluido, me he llenado la bañera como si fuera Cleopatra y, mientras la espuma hacía su trabajo —que no es poco—, Alexa, que la muy condenada siempre sabe lo que me gusta, me deleitaba con mi último capricho musical.
Yo, mientras tanto, pensaba en no olvidarme de vestir de luces a mi plumita y el modelito con el que iba a salir a torear.
Al abrir el armario he notado un recibimiento frío.
Normal.
Mi ropa de salir me daba ya por muerta.
Pero cogiendo el toro por los cuernos, les he dejado claro que hoy no tocaba luto: hoy quería brillar con mi mejor traje de luces.
Y oye…como mola mirarse en un espejo cuando una se arregla con intención y sin prisa.
¡¡¡ La afición va a caer rendida a mis pies!!!
Teníamos reserva para comer a nombre de Plumita de Triana y su cuadrilla y, como os podéis imaginar, en cuanto he entrado en el restaurante me he puesto fina de firmar autógrafos.
Estaréis pensando que eso ya no se lleva, que ahora la gente se hace fotos.
Pues conmigo no. Soy una vieja gloria del toreo y yo decido como quiero salir en la foto. Y así, a pelo, sin ajustar torera ni capote, no salgo.
Y como buen torero que se precie, bajo las escaleras de la discoteca, como lo que soy: una gran figura.
¿Y cómo estaba la plaza? Abarrotada. Carteles por toda la ciudad anunciando mi vuelta y la afición entregada antes incluso de que suene el primer pasodoble
La banda toca mi himno ochentero favorito y yo parece que me siento como en casa, y que queréis que os diga…me vengo arriba.
Tras una entrada triunfal y lidiar un par de vaquillas para calentar el cuerpo, mi plumita y yo estamos sedientas , así que me acerco al burladero a pedir mi bebida digestiva favorita.
Al fondo de la plaza, esperándome a puerta gayola, distingo varias ganaderías.
Voy sin gafas, así que veo lo que quiero ver.
Y pienso:
“Hoy es mi tarde. Menudos seis morlacos me van a entrar a matar”.
Pero me acerco.
Enfoco.
Y me caigo muerta.
¿Dónde están los Miura, los Victorino o los Cebada Gago?
¿Dónde están las ganaderías acordes a mi categoría y a mi arte con la muleta? ¿En qué momento me han cambiado todo eso por una cámara de yogures del Mercadona?
No me lo puedo creer.
¿Para esto he gastado medio pantano de agua?
Menuda faena. Mi plumita ha guardado las banderillas y ahora está que escupe tinta. Si lo llego a saber, me vengo en chándal y con el carrito de la compra.
Con el bajonazo bien sujeto entre las piernas vuelvo con mi cuadrilla, que disfruta de la corrida mientras a mí se me abre el apetito
Pregunto si hay algo para la merienda del tercer toro.
Por lo menos eso que me llevaré a la boca esta tarde. Mi apoderado me dice que con las prisas se le ha olvidado y que habrá que esperar a la cena. ¿¿¿Perdona???
Ni de coña. ¿Tengo delante un expositor entero de lácteos y me voy a quedar con hambre??
Este no sabe lo figura que puedo llegar a ser cuando estoy contrariada.
Intento concentrarme.
Repaso mentalmente cuáles son los yogures que más me gustan y a cuáles soy intolerante.
No quiero volver a Urgencias como aquella vez que me comí uno sin leer la etiqueta antes.
Porque no, amigos: un yogur no es solo un yogur, igual que no todas las faenas merecen aplauso, ni todas las cuentas corrientes son como las de Ronaldo
Antes elegía buscando una etiqueta bonita, hasta que entendí que lo importante está en el culo del envase. Ahí está toda la verdad: ingredientes, azúcares, valor energético…
y, por si la cosa se pone interesante…el teléfono de Atención al Cliente.
Desde entonces, no hay culo de yogur que se me resista.
Me fijo especialmente en una pegatinita circular, pequeña, casi inocente, con forma de alianza de esas que te hacen prometer fidelidad pero que en el contrato que has firmado no se habla nada de los extras.
A estos no recomiendo abrirles la tapa. Les faltan ingredientes como el cariño, la atención, la escucha y como hace tiempo que dejaron de torear en su plaza, ahora les vale cualquiera que esté dispuesta a pagar su caché. Yo suelo dejarlos en el estante de yogures re-etiquetados.
Tampoco me fío de los que se anuncian como “novedad”.
Si ya está todo inventado,¿ qué han inventado estos?
Suelen ser los que acaban de tomar la alternativa después de años sentados encima de la tele, junto al toro y la flamenca y solo hablan de su ganadería y de lo duro que está siendo ser lidiada. Para un rato están bien porque vuelven al ruedo con ganas de cortar dos orejas y el rabo para salir por la puerta grande y asegurarse volver a figurar en el cartel la próxima vez, pero para incluirlos en la dieta diaria les falta calcio.
Altamente sospechosos son los sin lactosa y los sin azúcar.
Los que torean a distancia, sin despeinarse, y luego se van contando que casi pierden la vida.
A mí, que me gusta el torero que suda, que se acerca y se arriesga…decido que a estos los vuelvo a dejar en el estante para que se conserven fresquitos.
Si al final te has decidido por uno de ellos y cuando lo sacas al ruedo para hacer el paseíllo se dirige a ti como cielo…que sepas que este yogurt hace doblete en varias plazas y que no eres la única oreja que piensa cortar hoy
No me extraña que, con tanta variedad, acabes encontrándote a uno al que ya le hayas probado la tapita en alguna otra plaza siendo compañero de cartel.
Le cuentas tus últimas faenas, cómo la afición se ha rendido a tu arte…
Él sonríe, asiente… pero por dentro se le empieza a cortar la leche y te recuerda que las corridas que habéis disfrutado juntos no se van a dar con cualquier torero. En ese momento busco el tendido tres para dejarlo allí esperando que la leche se le haga cuajada con el calorcito que hace en la Maestranza en primavera.
Luego están los yogures de fecha corta: viejas glorias, envases abollados, llenos de historias que enseñan con orgullo. Siguen en las estanterías porque han sido reemplazados por los nuevos sabores y texturas. Y entonces me da por pensar ¿quiero compartir lidia con uno que tiene el cuerpo lleno de cosidos de cada una de las cornadas que se ha llevado en las corridas? Deja, deja …a ver si al entrar a matar se le van a descoser los hilos y mi plumita se queda enredada en una madeja y con la corrida a medias.
Y si al final eliges al del fondo de la estantería, el que no te ha quitado el ojo de encima en toda la tarde, y cuando vais al apartado te propone compartir merienda porque “las faenas abiertas están de moda”… es ahí cuando decido recoger la muleta y la espada, ajustarme bien la taleguilla, tomar en mi mano la montera y despedirme de la afición deseando llegar a casa, poner mi yogurtera a funcionar y terminar el día como lo tenía planificado: corriéndome una buena corrida.




